Nacida como Lidia Stella Mercedes Miy Uranga en el seno de una familia de estrechos vínculos militares, su vida y su perspectiva política dieron un giro definitivo el 17 de junio de 1975. Ese día, la organización paramilitar de ultraderecha Triple A secuestró e hizo desaparecer a su hijo Alejandro, de 20 años. Lejos de dejarse paralizar por el dolor o el silencio de sus antiguos círculos, Taty transformó su tragedia personal en una lucha colectiva. Se unió a las Madres y, con el pañuelo blanco como estandarte, transitó las últimas cinco décadas exigiendo respuestas al Estado, convirtiéndose en un pilar ético frente a la impunidad y en una presencia constante en los debates judiciales, legislativos y políticos del país.
El significado de su figura trasciende el dolor de su historia personal para erigirse como un faro de la etapa democrática argentina. Taty Almeida representó la capacidad de convertir el desgarro más profundo en un activismo cimentado en el amor y alejado del odio, tendiendo puentes constantemente con las nuevas generaciones. Su legado político y social deja una huella imborrable en el movimiento de derechos humanos, asegurando que su inconfundible exigencia por los 30.000 detenidos-desaparecidos continúe interpelando la agenda pública nacional, hoy y siempre.
La histórica referente y presidenta de Madres de Plaza de Mayo Línea Fundadora, Taty Almeida, falleció este domingo 14 de junio a los 95 años en la Ciudad de Buenos Aires. Su partida, ocurrida tras permanecer varios días internada en el Hospital Italiano, marca el adiós a una de las figuras más emblemáticas y respetadas en la defensa de los derechos humanos en la Argentina. Con su fallecimiento, el país despide no solo a una incansable militante, sino a un símbolo ineludible de la búsqueda pacífica e innegociable por la Memoria, la Verdad y la Justicia.
Nacida como Lidia Stella Mercedes Miy Uranga en el seno de una familia de estrechos vínculos militares, su vida y su perspectiva política dieron un giro definitivo el 17 de junio de 1975. Ese día, la organización paramilitar de ultraderecha Triple A secuestró e hizo desaparecer a su hijo Alejandro, de 20 años. Lejos de dejarse paralizar por el dolor o el silencio de sus antiguos círculos, Taty transformó su tragedia personal en una lucha colectiva. Se unió a las Madres y, con el pañuelo blanco como estandarte, transitó las últimas cinco décadas exigiendo respuestas al Estado, convirtiéndose en un pilar ético frente a la impunidad y en una presencia constante en los debates judiciales, legislativos y políticos del país.
El significado de su figura trasciende el dolor de su historia personal para erigirse como un faro de la etapa democrática argentina. Taty Almeida representó la capacidad de convertir el desgarro más profundo en un activismo cimentado en el amor y alejado del odio, tendiendo puentes constantemente con las nuevas generaciones. Su legado político y social deja una huella imborrable en el movimiento de derechos humanos, asegurando que su inconfundible exigencia por los 30.000 detenidos-desaparecidos continúe interpelando la agenda pública nacional, hoy y siempre.
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